Turismo social en Filipinas

El turismo a secas es una opción, es como una pequeña pincelada de color en un lienzo que apenas empieza a ser coloreado, pero el turismo social (o voluntariado internacional) es como lanzarle a ese lienzo un cubo de pintura.

Su color te empapa, no pasa desapercibido, deja huella y no hay camino de retorno. Es un viaje que se planea hacia el exterior, pero que, curiosamente, te hace encontrarte. Es un tipo de turismo que te lleva a convivir, que te invita a la tolerancia, pone en juego tus habilidades para la supervivencia, tu paciencia, tu respeto… te enseña que el mundo no es lo que tú creías, que siempre existen personas, que hablen o no tu idioma, están ahí dispuestas a facilitar tu camino.

Todo comenzó con un sueño de verano. Siempre había existido en mí la inquietud de vivir en el extranjero y ese vivir no estaba relacionado con querer huir de mi ciudad o renegar de ella, tampoco era un “quiero hacer un viajecito”. Ese vivir significaba realizar un sueño, el sueño de descubrir otras culturas, personas educadas sobre otros pilares, en otros contextos, en lugares donde quizás no llega el metro, ni hay carreteras, pero donde sin duda, no te faltará vivir la sensación de ser descubierta por una sonrisa acogedora.

Ese sueño siempre había estado ahí, hay personas que lo alcanzan a muy temprana edad, en mi viaje pude conocer a gente que con apenas 18 años ya andaba cruzando Asia. Hay otras personas que, sin embargo, han pasado ya la maravillosa treintena y siguen con su gusanito interior que se les mueve cada vez que saben de alguien que se aventuró a dar el salto. Piensan que para ellas quizás ya es demasiado tarde y se resignan diciéndose “igual en otra vida”.

A esas personas me gustaría invitarlas a que hagan un listado de prioridades y deseos, ¿de verdad, no puedes?, ¿qué te lo impide? Si alcanzaste a ahorrar para aquel coche o para esas vacaciones con un todo incluido porque no destinar tu dinero a esta experiencia que siempre, el solo hecho de pensarla, te hizo vibrar.

En aquel verano pasó un tren y decidí cogerlo. Mi gran amigo, alguien a quien podría llamar por qué no hermano elegido, me abrió la puerta a un nuevo concepto de viajar, me invitó a cruzar todos los charcos y a descubrir un nuevo mundo en la otra parte del planeta. Aquello no era Europa y creedme que se notaba.

El tema del idioma es un plus a valorar mucho. Afortunadamente, en Filipinas casi todo el mundo habla inglés ya que es idioma oficial en toda la República. No es como en otros países de Asia, donde vivir una experiencia similar limitaría el contacto con la gente local por la barrera del idioma. Aquí, sea cual sea su nivel cultural, al menos son capaces de comunicarse en inglés, lo que es un apoyo muy grande a todos los niveles.

Tras haber tomado toda la calma que mi mente en equilibrio con mi cuerpo eran capaces de brindarme, reuní mis cuartos y me dije “ha llegado el momento de volar”. Era necesario salir de la zona que está más de moda en estos años, la famosa zona de confort. En este caso no era mi dulce hogar, que también, era aquello de salir de Europa, ir más allá de Marruecos. Sin duda, volar 12.000 Km. solo era el primer paso de esta gran aventura.

Mi primera parada fue Dubai, solo fueron unas horas en el aeropuerto, pero allí ya empecé a ver a personas con atuendos y apariencias muy diferentes a los occidentales, ya se empieza a oler una cultura diferente.

Una de las imágenes más impactantes fue ver a una mujer convertida en ropa negra, apenas conseguías verle el rostro, solo destacaba el blanco de sus ojos frente a tanta tela negra que limitaba su contacto con la vida que la rodeaba. La siguiente parada fue Manila.

Filipinas, de corazón lo escribo, me dejó totalmente flasheada. Lo primero que encuentras a tu llegada a Manila es aglomeración, mucha gente en todas partes. Personas con un aspecto similar, de tez color azúcar moreno, estatura media 1,60cm, pelo negro y con tanta amabilidad como poros tienen en la piel. Eso y su sonrisa te hacen respirar de alivio porque tienes la sensación de que si necesitas ayuda, para lo que sea, no te va  a faltar.

No podemos repasar la vida en Manila sin acordarnos de los kuyas (término que se utiliza comunmente para dirigirse entre filipinos, en forma de cortesía, para denominar a un supuesto hermano mayor). Siempre llamábamos kuya a los taxistas. Personajes omnipresentes por toda la ciudad que nunca pierden la oportunidad para preguntarte de dónde eres, si estás soltera, dónde vives, así hasta el infinito y más allá. Son las primeras personas con las que vas a establecer una conversación, tenlo por seguro.

Podemos contar por docenas las curiosidades que van a llamar tu atención: el descubrimiento de miniescobas que parecen estar fabricadas para personas con una altura de poco más de un metro o los megaedificios 30 o 50 plantas de la ciudad de Makati. Tampoco pasan desapercibidos los jeepneys, vehículos de la Segunda Guerra mundial convertidos en mini autobuses: el coste de un trayecto está por debajo de los 50 céntimos, pueden coexistir más de 20 personas en apenas un par de metros “cuadrados” y la frase para apearse es “para”.

Es muy sorprendente el legado de los colonizadores de estas tierras a lo largo de su historia. Y es que el tagalo, idioma hablado por más de 23 millones de filipinos como lengua materna y por más de 80 millones como segunda lengua, contiene muchas palabras heredadas del español: derecho, cinturón, cuchara y un largo etc. de términos cotidianos. No te deja indiferente esa conexión lingüística entre el español, el inglés y el idioma local, que en ocasiones te puede ayudar a salir de algún apuro menor.

Rascacielos mezclados con chabolas, carreteras con aceras sin terminar, puestos ambulantes de cacahuetes fritos con ajo, paquetitos de rodajas de plátano frito y unas bolsas de plástico llenas de un líquido naranja de las que sobresale una pajita. Mercados llenos de frutas exóticas, mangos color oro viejo que saben a manjar de diosas, motos utilizadas como furgonetas, los famosos trycicle! (algunos son motos con carcasa, toda una aventura abierta a la contaminación urbana con la que te divertirás un montón.. no recomendada la experiencia a persona con nivel alto de miedito).

Una vez fui haciéndome al lugar, sus costumbres y comidas; retomé la idea de que viajar por viajar y sólo vivir de los placeres mundanos no iba a ser mi único modus operandi en aquella experiencia asiática. Cuando ves que niñas y niños entre 5 y 8 años te venden flores en la terraza de un bar a las 12 de la noche, que personas de avanzada edad duermen sobre las aceras de una calle o te enteras que el sueldo de una enfermera no supera al mes los 150€, dices aquí hay algo más que descubrir, a parte de las playas y los paraísos terrenales.

Y así fue como, mientras visitaba la Virgin Island de Bohol, iba a fiestas en las playas de Boracay o aprendía a hacer surf en La Unión o Siargao, descubrí que el viaje no sería completo si no lo rellenaba con el voluntariado internacional. Y así fue como convertí una maravillosa aventura en el ansiado turismo social en Filipinas.

Aquí os dejo mi experiencia.

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